miércoles, 30 de septiembre de 2015

PRIMERAS IMPRESIONES SOBRE LA PRESENTACIÓN DE KEIKO FUJIMORI EN HARVARD

M Carrasco


Keiko Fujimori, la lideresa del partido que fundara su padre, hoy preso por delitos de corrupción y violación a los derechos humanos, se ha presentado en Harvard para exponer lo que sería su plan de gobierno de cara a las elecciones del 2016. Entre las muchas cosas que dijo y omitió quisiera resaltar las siguientes, pues fueron las que me dejaron mayores inquietudes que certezas. No obstante aclarar algunas cosas previas.

Deliciosa fue la presentación que hizo de la candidata el politicólogo Steve Levitsky, a quien ya ciertas presencias peruanas empiezan a criticar sólo por el hecho de darle un espacio para hablar, llegando al delirio tropical de adjudicarlo como su intelectual. Y es que hay extremismos de izquierdas y de derechas, pues la estupidez no reconoce patrias ni banderas.

Durante su introducción, el profesor de Harvard no olvida mencionar al público presente que el padre de la actual candidata es considerado como uno de los presidentes más corruptos que ha habido en la historia, tampoco de sus crímenes contra los derechos humanos, ni de lo riesgoso que esto significa para la democracia. Asimismo resaltó que el fujimorismo aún no brinda ninguna seguridad de que no vuelva a cometer los delitos que cometió el gobierno de su padre.

Dicho esto, la candidata hace su presentación, relata su hoja de vida hablando sobre lo complicado que fue para ella asumir tan joven el papel de primera dama del Perú ante el divorcio público y doloroso de sus padres, pero nada más…¿Nada más? ¿Sólo público y doloroso? ¿Doloroso porque fue público el divorcio? No menciona Keiko durante su presentación cuáles fueron las causas de ese divorcio público y cuyas preguntas me hubiera encantado que hicieran. Y es que Keiko omitió lo más importante, que el divorcio se da por las denuncias que la madre, Susana Higuchi, hizo sobre su esposo, al revelar que las donaciones provenientes para la ayuda social estaban siendo destinadas a beneficios personales del entorno familiar de Alberto Fujimori. Y que producto de ello fue torturada ante el silencio cómplice de la hija. ¿No hubiera sido honesto hablar de eso?

Otro punto para la histeria peruana es cuando la señora Fujimori menciona como “gran amigo del Perú” al ex presidente ecuatoriano Jamil Mahuad, en cuyo gobierno junto con el de Alberto Fujimori se firmó el Acta de Brasilia, donde perdimos parte de Tiwinza ¡Gracias! Vale también recordar que el ex presidente ecuatoriano también ha sido acusado de corrupción. Quizás el cariño de la mención se deba a una relación de parentesco. Tal vez.

La famosa constitución del 93 también fue mencionada, diciendo que “ayudó económicamente al país”. Mas omite el origen de ella, es decir el del autogolpe, chau congreso. Es más, sobre lo sucedido con el congreso ella menciona que fue algo “doloso”, “de excepción” e “irrepetible”, pero nunca menciona la palabra crimen, autogolpe, dictadura. Tampoco explica por qué es que necesariamente se tenía que cambiar la constitución para salvar la economía, teniendo en cuenta que el plan fujimorista fue copia, copia mala, pero copia al fin, del plan de gobierno de Vargas Llosa, quien no dijo nada sobre tener que cambiar la constitución, al menos que yo recuerde.

Un punto interesante fue cuando habló de las “libertades individuales y económicas”. Momentos antes comentó sobre los sucesos en Cajamarca. ¿A qué se refiere con libertades individuales y económicas? ¿Qué libertades respetaría en Cajamarca, las de las empresas mineras o las de los pobladores? A mí me causa mucha curiosidad ello.

El fujimorismo implantó, a la fuerza, el neoliberalismo en el Perú, por lo tanto sus últimas posturas sobre el lote 192, estando a favor de que lo trabaje Petroperú, resultan muy sospechosas e inverosímiles. Por eso mismo cuando dijo “tanto Estado como sea necesario” me resulta curioso. ¿Presencia del Estado para temas económicos o para imponer la fuerza en defender empresas privadas? ¿Cajamarca, muertes? Tanta generalidad me abruma.

Quizá lo que más llamó la atención fue su posición zigzagueante sobre la CVR, de la cual dijo no estar de acuerdo en cuanto no se tomó importancia la posición y/o voz de los militares, pero que rescataba el trabajo de diagnóstico ¿Cómo? ¿Qué dirá Martha Chávez y toda la cúpula dura del fujimorismo anti CVR? Por supuesto que con esto no le creemos lo que dice, pero aquello puede ser muy bien usado en campaña para acorralar a la adversaria.

Los últimos puntos que toca, siempre siguiendo el camino de la ambivalencia, tienen que ver sobre la presencia de militares para controlar el crimen. De lo cual dijo no estar de acuerdo, diferenciándose así de las posiciones de Toledo y García, aunque reconoció que la actual constitución permite el uso de las fuerzas armadas en situaciones de emergencia.

Con respecto al aborto, manifestó estar de acuerdo sólo en los casos de abortos terapéuticos, así que en casos de violación, derechos de las mujeres, no cuenten con ella. Cipriani sonreía desde abajo, digo, desde lejos. Siguiendo la línea conservadora se mostró de acuerdo con la Unión Civil, siempre y cuando sólo se trate del reconocimiento de bienes patrimoniales, mas no de adopción de hijos. Y es que los padres homosexuales pueden maltratar a sus parejas, al punto de secuestrarlas, envenenarlas y electrocutarlas. Ah no, ese fue su padre.

¿Y las esterilizaciones forzadas? Pues no fueron parte del programa de su padre, fueron los médicos por cuenta propia…uhmmm. En resumidas cuentas estos fueron los puntos tratados y las respuestas de la candidata con mayor posibilidad de convertirse en presidenta del Perú. En lo que a mí concierne esto sirvió de mucho, sobre todo de material para un buen debate. El fujimorismo se tendrá que enfrentar a sus propias respuestas y buscar definir qué cara presentar para estas elecciones. Atentos todos a sus camaleónicas estrategias.



domingo, 27 de septiembre de 2015

EL VOTO EN BLANCO Y EL CONFORMISMO

M Carrasco


Si bien se acercan las elecciones presidenciales, no estaría mal recordar lo sucedido en las municipales pasadas en las que resultó ganador Luis Castañeda Lossio. Y, sobre todo, el papel que jugaron aquellas minorías “cultas” que despotrican de la corrupción y defienden la democracia.

Para ello habría antes que mencionar, aunque someramente, el papel de las mayorías. Y esta es el de la inacción o desvinculación de los procesos sociales, enfáticamente en lo concerniente a lo político. El primero aborda una problemática general, en cuanto a una distorsión de lo importante, teniendo predominancia en el campo de la atención los sucesos frívolos y pasajeros. Ello se enmarca en lo que algunos, dentro de su concepto, han denominado como un empobrecimiento de la cultura y que Vargas Llosa ha definido como la “civilización del espectáculo” en su más reciente libro de ensayos, teniendo como referentes teóricos primeros a T.S. Eliot y a Freud, entre otros.

Si bien, tal como está desarrollado en el libro, el autor recoge las posiciones de estos autores cuyas publicaciones datan de las décadas de los  treintas y cuarentas del siglo pasado, en donde ya muestran sus preocupaciones por el deterioro de la cultura, es en la actualidad donde Vargas Llosa asume se ha dado un incremento paroxístico de lo insustancial. El problema es que dentro de cincuenta años podríamos decir lo mismo de la situación que se nos vendrá (y muy posiblemente sea así), así como antes lo podrían haber dicho los renacentistas sobre la edad clásica.

En lo que sí podríamos estar de acuerdo es que la actual situación sí privilegia lo trivial y lo que no lo es lo trivializa. Esto se da en la escena contemporánea. Por lo tanto el comportamiento de las mayorías en relación con la cultura viene de atrás e incrementándose vertiginosamente. Y como la cultura, la creación artística, intelectual, no proviene de la nada sino de lo que nos rodea, de la sociedad, el resultado es una desconexión de la realidad o una invención de ella. Vale decir una invención canónica.

Lo segundo, lo político, es una consecuencia innegable de lo primero. El Perú no ha asumido una propuesta educativa seria, somos mayoritariamente incultos y prueba de ello son las escuelas en mal estado, el mal salario de los profesores, el ínfimo y abyecto número de librerías en Lima, por no nombrar al resto del país, etc. Sin embargo ha habido una diferencia resaltante en las últimas dos décadas.
Me refiero al distanciamiento casi total de la población no sólo con los partidos políticos, sino con toda acción que represente una preocupación por lo político. En esto el papel de Fujimori ha sido esencial. La banalización de lo político, si bien no empieza con él, se fortalece en su régimen.

Para Degregori, sin embargo, no se trata de un distanciamiento, sino de una reeducación sobre lo político y puede que tenga razón.  Por distanciamiento podríamos constatarlo con la escaza o casi nula actividad en los locales partidarios, quizá de ello se salve el APRA y hasta el PPC, pero el resto es culpable de su inexistencia. Por reeducación podríamos entenderlo como esta forma fatua de abordar los temas y también los temas que se abordan.

Es preciso recordar que los ataques del oficialismo hacia sus adversarios no eran con argumentos ideológicos o políticos que evidenciaran la pobreza de su retórica, sino caricaturizándolos, tildándolos de afeminados y homosexuales, ambos como sinónimos de lo negativo. El discurso político cedió ante el espectáculo. El mismo Fujimori renegaba de la clase política y por eso mismo era el outsider que venía a poner orden y a refundar la patria. Lo político así era sinónimo de lo indeseado.

La mayoría así expuesta es una consecuencia de un fenómeno general donde prevalece lo vacuo, buscar sus orígenes no es el propósito de este texto, y en donde lo particular, es decir, su relación con lo político tiene un punto de partida identificable, como lo es el fujimorismo.

¿Y qué sucede entonces con la minoría? Para empezar, es necesario afirmar que toda discusión dicotómica nunca lleva a buen destino. Caer en el clásico discurso mayoría/masa igual a inculta o tonta, no sólo es decimonónico, sino también racista. No obstante, los grandes cambios siempre se han dado a contracorriente y el sector ilustrado siempre ha sido una élite (casi siempre económica, pero no siempre). Aun así la realidad es más compleja de lo que el maniqueísmo pretende hacernos creer.

La minoría culta o ilustrada no siempre proviene de un mismo sector socioeconómico, desde ahí podríamos romper una idea de inamovilidad que se sostiene al respecto. Por lo mismo hay un dinamismo y multiplicidad de ideas al interior. Del mismo modo sucede con las mayorías, cuyos integrantes la conforman actores de distintos sectores socioeconómicos.

Rompiendo esa idea de inamovilidad, también deberíamos añadir lo que voy a denominar como el prejuicio de la razón. En las elecciones presidenciales del 2010 funcionó mucho aquel concepto/frase de “garante de la  democracia”, para dulcificar la imagen radical con la cual había sido presentado el entonces candidato Ollanta Humala. Como figura principal se halló a Mario Vargas Llosa dentro del espectro intelectual y a Alejandro Toledo en lo político.

En esta estrategia de imagen sirvió sobre todo lo primero como medida efectista: la imagen del intelectual.

Hasta donde yo sé no ha habido pruebas estadísticas que demuestren la certeza y el alcance de aquella presunta eficacia, sin embargo nos vamos a basar en que ese concepto ya está instalado dentro del imaginario de la gente, prueba de ello son los constantes reclamos al autor laureado sobre su responsabilidad con las fallas del actual gobierno.

Asimismo no deja de ser contradictorio, como primera impresión, que en un país acusado de inculto tenga importancia lo que un grupo de intelectuales pueda opinar sobre algo o alguien. No obstante, no hay que confundir la forma con el fondo. La imagen del intelectual aún tiene peso, a pesar de que no se le lea, se le reconoce su importancia, aunque esta sea por la misma exposición de los medios.

Precisamente ahí radica el problema. Junto a la presencia de Vargas Llosa, se sumaron otras importantes, como las de Alfredo Bryce Echenique, Rodolfo Hinostroza, Fernando Iwasaki, Daniel Alarcón, Santiago Roncagliolo, etc. El argumento era claro y, hasta cierto punto, válido ¿Si no se puede confiar en aquellas personas cultas, estudiosas, entonces en quién?

Como consecuencia, la validez de una posición no se dio por los argumentos de estos intelectuales, sino por su propia persona, por su imagen representativa. En el imaginario popular el intelectual, un escritor, dada su amplia cultura, no puede equivocarse o si lo hace es muy rara vez. Se le otorga así un valor infalible a sus posiciones, incluyendo la ética.

Esto lo supo aplicar bien el fujimorismo al tener entre sus aliados a figuras intelectuales como la lingüista Martha Hildebrandt y al historiador Pablo Macera. La lógica era la siguiente “si unos intelectuales conocidos como ellos apoyan al gobierno, entonces el gobierno está bien”. Los intelectuales son unos referentes importantes por su capacidad de análisis y argumentación, pero al coger sólo su imagen sin su argumentación estamos cayendo en un error.

El apoyo de Vargas Llosa y otros intelectuales a la candidatura de Humala fue favorable y correcta, pues se trataba de impedir que regresara al gobierno una agrupación que hizo mucho por destruir la democracia y que aún no asume sus culpabilidades sobre el caso. Pero el beneficio se dio sobre una falsa premisa que es la de la imagen, la del intelectual no se equivoca. Y una de las fallas de esa clase letrada constituye en no distinguir la diferencia entre eficacia y democracia.

Unos de los libros de historia más importantes e interesantes que han aparecido en estos últimos años es el de Historia de la corrupción en el Perú, del historiador Alfonso Quiroz. Con información detallada hace un repaso desde los tiempos de la colonia hasta la dictadura de Fujimori, en donde nos muestra los constantes actos de corrupción que hemos sufrido. La tesis principal del libro es mostrarnos cómo la corrupción, haciendo las sumas respectivas, sí es un grave problema que nos debe preocupar, pues nos ha costado una cantidad de dinero significante que nos ha impedido avanzar en la construcción de una nación.

El problema que veo aquí es una constante en los rechazos a la corrupción. La crítica que se le hace es la pérdida económica que esta nos cuesta, desbaratando así la famosa frase de “roba pero hace obra”. No obstante que la crítica sólo se resuma al aspecto económico vuelve vulnerable y hasta innecesaria, según los casos, a la democracia. Si el único objetivo de la democracia se convierte en un bienestar económico entonces la dictadura de Pinochet, sus violaciones a los derechos humanos, no tendría nada malo, más allá de los “excesos”. Siempre y cuando sea por el bienestar del capital.

Mientras no distingamos esta diferencia, la democracia seguirá siendo tan débil como lo es ahora. Sucedió hace poco ante las elecciones municipales en las cuales habían tres candidatos, entre los que figuraban en primer lugar el ex alcalde de la ciudad Luis Castañeda Lossio, seguido por un ex ministro aprista, Enrique Cornejo, y en tercer lugar la alcaldesa de ese entonces, Susana Villarán.

La primera decisión era evitar que el ex alcalde acusado de serios delitos de corrupción volviera al poder. Los dos candidatos a elegir estaban entre el ex ministro aprista y Susana Villarán, quien había sido acusada de hacer una gestión bastante deficiente. Las lecciones de historia sobre el accionar del aprismo son suficientes como para saber que esa no era una opción a tomar. Por lo tanto quedaba la candidatura de Villarán como la posibilidad a seguir.

Es cierto que también hubo ahí denuncias al respecto, pero ninguna, hasta ahora, ha sido con peso que justifique su presunta culpabilidad. Es más, transcurrido los meses aquellas denuncias han perdido peso y sustancia, mientras que el recuerdo de Comunicore sigue bastante presente.

Una de las reticencias, la más importante, que provocaba el antivoto de Villarán era su ineficacia en la gestión. Resulta sintomático de una democracia débil como la nuestra que el apodo de “vaga” atribuido a Villarán tuviera más efecto de rechazo que el de “choro”, “corrupto” o “ratero”, que eran atribuidos al actual alcalde.

Era entendible, entre quienes votamos por ella la primera vez, nuestra decepción ante una gestión de la que se esperaba mucho más. Aun así no era motivo para dirigir nuestro voto hacia el ex alcalde que representa la tradicional forma de política que genera rechazo. Una lección capital de la democracia que debe aprenderse es la siguiente: la democracia está por encima de las ideologías y tiendas políticas.

Un imperativo entonces era votar nuevamente por la candidata cuya mayor acusación era de ineficiente o vaga, pero no por corrupción. Sin embargo esta acción sirvió para algunos para acusarla de conformismo y que, por lo tanto, lo mejor era votar en blanco.

Esta acción quizá no hubiera tenido un efecto cuantitativo importante durante el voto, mas demuestra un rasgo más significativo y preocupante: equivaler eficacia y corrupción a un mismo nivel.

La decepción de una cantidad considerable de personas ante la gestión de Villarán, pero también de rechazo a Castañeda los llevó a votar en blanco o viciar su voto. Aquello hubiera sido lo correcto si la motivación provenía de una percepción de corrupción de ese gobierno, sin embargo la realidad es que provenía de su ineficacia. Una vez más la democracia, así entendida, está al servicio de sus productos cuantificables, mercantiles y, por lo tanto, es un bien descartable.

Las consecuencias las tenemos ahora, paradójica e irónicamente, desde el factor cuantificable y material de su gestión. Es decir, intentar abrir un tercer carril sin planificación, ni estudios previos, construir un bypass con la misma metodología anterior, además se sesiones cerradas donde cuesta acceder a la información.  Pero lo más grave es esa lección de impunidad donde todos podemos ser criminales y triunfar en ello. Estas elecciones presidenciales no pueden ni deben ser iguales.


jueves, 10 de septiembre de 2015

¿A quién incomoda Milagros Leiva?

M Carrasco

Se ha ido Milagros Leiva o, más bien dicho, la han expectorado de su centro de trabajo y de pronto nace una mártir de la cursilería hecha profesión, una heroína con sabor a mermelada. Y es que nadie que sufra una entendible alergia hacia los programas de Televisa o a las reuniones publicitadas y celebradas de FuXion podría decir que se trata de una periodista seria y con brillos de intelectualidad.
Ella ha demostrado, sin querer, que tampoco brinda ninguna seguridad haber estudiado periodismo para ser bueno en esa profesión y por ello se lo agradecen los Barraza, los Pavón y las Díaz de la farándula.
Porque, si nos ponemos a pensarlo bien ¿A quién podría incomodar Milagros Leiva? En sobonería seguramente se sentiría amenazado Alejandro Guerrero de que lo destronen del palacio de la memoria de quienes ejercieron el arrastre con orgullo. Pero también podría haber la posibilidad de que quien haya estado detrás de esa movida ajedrecista sea Nicolás Lúcar, pues no es fácil hacer el ridículo sin entregar parte de sí en el proceso. Después de trabajar plácidamente en un canal comprado por el gobierno de Fujimori (el mismo donde trabajaba Leiva) ahora se disfraza de defensor de la democracia y hasta de defensor de los Humala.
Sin embargo, es lógico pensar igualmente que el operador detrás haya sido Mauricio Mulder al ver las constantes entrevistas de la periodista (porque de algún modo hay que llamarla) a Alan García, con esas miradas coquetas, esas sonrisas infectadas, esas preguntas edulcoradas. ¿No habrá sentido Mulder que le estaban serruchando el piso? Habría que hacer una investigación profunda en el apra.
Mas no sólo los sobones han podido sentirse incómodos ante su presencia, habría que agregar a la lista a los cursiles, ingenuos, hambrientos de poder, anómicos, garrulos, ignaros. Por consiguiente, se puede inferir que tenía como potenciales enemigos a casi la clase política entera, por no hablar de la nación.
La verdad (sin comas) es que dudo que esta periodista pueda representar un peligro a alguien. ¿A qué oposición representa? ¿al programa del gobierno? ¿no es el mismo que puso en práctica Fujimori, Toledo y García?
¿No tienen acaso desde hace tiempo al gobierno cumpliendo el mismo modelo que se le impuso y que dijo iba a cambiar? Porque meterse con un ministro o un congresista no altera el sistema, sólo agrega al anecdotario.
La única oposición que representa Leiva es la personalista hacia la pareja presidencial, que debe ser investigada hasta que aclare su bienestar económico. Pero no hay más allá de eso y hablando de la pareja presidencial, pues la hipótesis de su salida por el tema de las agendas me parece poco creíble. ¿Tiene poder la pareja presidencial el poder para exigirle a El Comercio que saque a una de sus periodistas? ¿Creen realmente que con este nivel de aprobación el gobierno puede exigirle algo así al dueño de casi el 80% de los medios de comunicación?
Por ahí ha surgido la teoría (no, esto no es ironía) que el verdadero motivo de su salida ha sido una supuesta ayuda de la periodista en la fuga de Martín Belaunde Lossio, con quien habría mantenido una relación amorosa. El semanario Hildebrandt en sus trece estaría publicando mañana las fotos que confirmarían dicha sospecha.

Ante todo eso me surge una inquietud. Yo no sé si la salida de Milagros Leiva también se ha extendido a su participación en el diario, pero de ser así sólo le veo dos opciones de participación dentro de un medio escrito: O trabaja para lo que queda del 20% de medios que aún no han sido comprados por los Miró Quesada o funda su propio diario, como tanto le gustaba decir cuando alguien le increpaba sobre la concentración de medios.