jueves, 10 de noviembre de 2011

LAS PIERNAS DE MI AMIGA (o Las piernas de Alejandra)


Las piernas de Alejandra, con sus pequeñas cicatrices de cuando jugaba con su bicicleta, yendo de esquina a esquina, en la calle de su barrio. Las tiene por encima de las rodillas, llegando al muslo. Lo saben quienes la conocen y quienes han apreciado sus piernas. Sobre todo cuando viste esa hermosa falda jean que usa en verano, algunos dirán que mejor es aquel short pequeño amarillo. Pero quienes realmente saben algo sobre Alejandra reconocerán que su belleza viste mejor aquel vestido suave, ligero y turquesa que usó hace unos febreros atrás.

No me dejarán mentir, era grácil, menudo, ataviado de pequeñas flores como enredaderas, que caían levemente hasta el borde de la tela. Aquel vestido fue inolvidable para quienes apreciamos sus piernas y las hemos visto florecer y volverse más hermosas desde que nacieron en su adolescencia hasta la juventud que nos ha hecho quererla y nos hace seguirla. Con el vestido relucían milagros que la falda y el short no lo permiten. Sobre todo cuando se sienta en esa silla blanca, coge ese vaso de cerveza, exhala el humo de su cigarrillo y cruza esas piernas.

Cuando la vi bajar de esas escaleras altas y oscurecidas por la noche, sabía que después de tantos viajes. De cruzar el norte del Perú, viendo la incertidumbre de Trujillo, la calidez de Chiclayo, las inacabables noches de Talara. Viendo todo aquello no había encontrado ese aroma de sensualidad, ese misterio de puentes, esa desnudez debajo de los vestidos. Porque en Piura, donde el sol dora la piel, la chicha se bebe en poto y se liba sin distinguir las horas, las chicas son hermosas pero no son Alejandra.

Por eso, al verla bajar, me detuve sólo a mirarla, con su vestido turquesa, las sandalias negras, la vincha recogiendo su cabello. Su piel nívea, fresca, con reciente olor a jabón, a manzana. Aquel febrero, entre Barranco, bares y caminos inciertos. Sus piernas cruzadas, desnudas, llegaban hasta mí como una amiga coqueta, íntima y ese encanto mistérico.

Alejandra también besa bien, yo diría que es una cualidad que va con sus piernas. Cuando uno la besa no puede evitar deslizar las manos hasta ellas. Acariciarlas, olerlas, besarlas. Alejandra habla más idiomas que yo, sonríe y reniega fácilmente. Alejandra está enamorada y eso está bien. Alejandra me ha besado y me ha querido. Alejandra es mi amiga. Yo soy su amigo. Alejandra tiene piernas de ensueño. Algunos estarán de acuerdo en decir que su bikini negro, pequeño, hace brillar más esas piernas. Es cierto, las lucen, podemos ver más lo que nos ofrece, cuando el sudor comienza a bajar en ellas. Sin embargo disculparán que yo me empecine en ese vestido, en ese color.

Está enamorada y eso está bien. Pero ahora ya no luce tanto sus piernas, es cierto, es invierno, tiene que abrigarse. El invierno es triste, sólo porque la cubre. Alejandra es de esas personas que sólo deberían vivir bajo el sol, con lentes negros, un cigarrillo y una conversación nocturna. Alejandra tiene las piernas que más he deseado. Alejandra no usa balerinas y por eso la amamos y su boca me ha besado más de una vez. Me gusta verla cuando se echa en el sofá, mirando hacia el techo y elevando sus piernas hasta rozar los cuadros de las paredes.

Somos muchos los que esperamos que vuelva ese verano que la humedece, que la hace salir de esa casa, girar hacia la derecha y comprarse esa botella de agua antes de salir a correr. El verano la desnuda, la hace sonreír y sudar. Sus piernas son mejores que las de sus amigas, lo saben quienes hemos visto sus fotografías, cuando sonríe, juega o se tapa los ojos para evitar ese lente intruso. A Alejandra la espero siempre y siempre aparece. Alejandra muy rara vez me lee, por eso me permito escribir sobre ella y sus piernas. A Alejandra la he querido siempre y siempre vuelvo a ella.

jueves, 3 de noviembre de 2011

¿Y SI ADMITIMOS QUE EL OTRO EXISTE? LOS RETOS DE UN GOBIERNO


A mí el caso Chehade me incomoda, me irrita, me devuelve a las canteras de lo ocre. Que sea inocente o no, no lo asumiré yo. De eso se encargará la justicia, los periodistas, la “opinión pública” que no es más que un titular dado por una persona, se encargará la historia y por último: el oprobio.

Sin embargo me preocupa, además de irritarme, lo que como símbolo manifiesta y expele. Estas han sido unas elecciones difíciles que nos mostraron lo que no queríamos ver, lo que algunos sociólogos se negaban a aceptar en su wishful thinking. Me refiero a que aún no somos un país, somos en todo caso un futurismo, una deuda pendiente, un colmillo gastado. No nos reconocemos, ni reconocemos al otro. Eso se mostró en las agresivas frases que se escribieron en Facebook, en las portadas de diarios sensacionalistas, en la frase: “Ganaron los ignorantes.

Hace poco me enteré de la existencia de la página “Anti Hi5 Amixer.com” en Facebook. Esta página utiliza un término muy particular, que es el “amixer”, que viene a ser una derivación despectiva del otro término “amix”. Amixer vendría a ser el otro, la otredad, ese sujeto que no soy yo, que no puede ser yo porque sus facciones no son las adecuadas. El amixer tiene como particularidad no ser blanco y más bien trigueño y que aún usa la otra página de red social conocida como Hi5. El nacimiento de este insulto conlleva significancias más allá del disgusto estético, proviene de un mensaje subliminal de decirle al otro “hasta aquí llegas”, consiste en marcar un muro tácito con el cual aún se deben mantener las fronteras sociales, en este caso más cercano al modelo de castas.

Resalto este fenómeno porque representa dentro de radio su de alcance un problema mayor: Hay gente que tiene derechos y hay otras que no.

Ese mensaje fue el que hizo ganar a Humala. Quizá por eso me gustó mucho cuando trocaron la frase de “ganaron los ignorantes” a “ganaron los ignorados”. Aquello fue el punto fuerte de la campaña de Humala, mas también se puede convertir en su talón de Aquiles. Me explico, al haber hecho hincapié sobre la inclusión social ganó fácilmente en muchos de los departamentos de la zona andina del Perú. Ahí fue casi invencible, esto se traducía también en una mayor participación y control estatal y fiscal sobre los recursos naturales, entiéndase por eso principalmente los temas relacionados a la minería. Sin olvidar, claro, su promesa de destinar el gas del lote 88 para consumo interno, o en todo caso priorizar su uso para el mercado interno.

Bien, si revisamos que del total de 148 conflictos activos más de la mitad tienen que ver con asuntos socioambientales, es decir el problema minero. Cusco, Cajamarca y Puno son algunos de los de los departamentos que esperan una acción rápida de parte del gobierno. El problema para Humala será cómo negociar con ambas partes sin que el Estado salga perdiendo, sobre todo teniendo en cuenta sus promesas de gobierno durante la violenta campaña y sus otras promesas a los empresarios, me refiero al discurso que dio en el Peruvian Business Council en New York.

Hasta el momento la ley de la consulta previa es un primer avance para amainar las aguas, y no repetir el Apocalipsis Now de Bagua. Ahora averiguar su uso y sus alcances será lo primordial. Este gobierno tiene que diferenciarse mucho del anterior, sobre todo en lo que concierne al diálogo. Esto ayuda a crear un puente y abrir posibles soluciones escuchando las demandas de los protestantes, pero sobre todo, tiene un principal efecto en la representatividad del gobierno. Porque aunque les parezca injusto, un gobierno sobrevive más por la imagen, por los gestos que por los hechos mismos.

Es cierto que las obras son gestos y muestras, pero un gobierno no sobrevive sólo de cemento. Eso ya lo hizo Castañeda y García y aún así sus fantasmas con la corrupción los persiguieron. Más en el caso de García que su megalomanía parecía no dejarle entender el porqué de tantas protestas si su gobierno estaba haciendo obras. Por eso el tema de representatividad genera una gran importancia. Una ley de consulta previa no es un monumento de cemento, es un gesto que promueve el diálogo y la inclusión, es un mensaje que elimina la frase de ciudadanos de segunda clase y los hace partícipes de una nación.

Por eso la representatividad es muy importante y más para este gobierno cuyo origen se distancia del anterior, aunque quizá se acerque al de Toledo. La victoria de García en el 2006 fue una victoria triste, pues se trataba de que no ganara el otro. Este caso pretende ser similar, que no ganara Keiko. Pero además se juntaron muchos movimientos, de distintas ideologías y clases sociales. Ganaron las provincias y perdió Lima, diría que por primera vez.

La otredad está representada o, por lo menos, siente que así es o será. ¿Qué pasa cuando se enciende la esperanza y lo que se recibe en cambio es la plúmbea continuidad?

Hay que recordar que Sendero es el hijo de muchas promesas frustradas. Y los que muchos ignoran y olvidan es que el semillero del cambio fue iniciado por el Apra. Cierto que también estaba el movimiento iniciado por Mariátegui y que antes de él estaban los anarquistas bajo la tutela intelectual de González Prada. Pero el primero no llegó moldear todo lo que planteaba pues su líder murió joven, además que sus acciones caminaban más dentro de la intelectualidad y el segundo se dispersó entre apristas, socialistas y más tarde comunistas.

Fue el Apra el que abrazó a muchos de los descontentos y esparció las ideas de un cambio, cuando Haya aún era un ferviente antiimperialista. La historia la sabemos todos ya. El Apra se hizo amigo de Odría, de los Prado, del olvido selectivo. Pero la semilla había sido sembrada y la pregunta constantemente pateada ¿Y cuándo el cambio? Hubo muchos intentos insurreccionales en el país, pero su freno fue justamente el gobierno más estigmatizado del siglo XX.

Curiosamente el gobierno revolucionario de Velasco frenó las insurgencias pues se pensó que él haría los cambios que tanto se habían prometido y tanto se habían postergado. Es decir, no sé si sin proponérselo, se evitó una guerra civil (El caso de Bolivia es similar, no discutiremos los aciertos y los fracasos del gobierno vecino, pero si a Evo le va mal, haríamos bien en recordar que lo que se le venía a Bolivia era algo peor, cercano a una guerra civil. Es mucho mejor pelearse con un gobierno, quejarse, que ver muertos en la calle). Tanto fue así que el texto mítico del fundador del Apra que durante años fue prohibido en el Perú por orden expresa de su autor, nada más y nada menos, fue publicado por fin durante el gobierno de Velasco, pues Haya quería dar a entender que las reformas dadas por el gobierno ya las había planteado él antes. Era hora de congraciarse con el pueblo que se había alejado del Apra. El libro era El antiimperialismo y el Apra. Obviamente las razones por las que no fue publicado aquí se debían a los distintos virajes ideológicos de su autor y su creciente amistad con el gobierno norteamericano. Un libro antiimperialista sería perjudicial desde ese punto de vista.

No discutiremos la forma de gobierno de Velasco en este artículo, pues daría para uno aparte. Sólo basta recordar su derrocamiento por Morales Bermúdez y la posterior elección de Belaunde. La imagen fue que las promesas de cambio una vez más fueron postergadas, y si desde el estado democrático no se hace nada para democratizar la vida, entonces recurro a otras vías. Tal fue la vía y la justificación de un grupo de personas que asesinó a tanta gente.

Entonces vemos que la representatividad, la indignación y las armas son terrenos cuyas distancias son más cortas de lo que parecen. Hay que tener mucho cuidado con los movimientos de protesta y recordar que no son uno aparte, que son una cadena que arrastra años. Carlos Iván Degregori nos hace recordar que a través de los conflictos locales como la lucha ayacuchana por la gratuidad de la enseñanza en 1969 se convirtieron en un campo fértil que transformó la postergación y resentimiento en acción insurgente, como lo reseña José Luis Réñique.

Quizá una gran dosis de cambio de este gobierno sería que aprendamos a reconocer al otro.

martes, 11 de octubre de 2011

¿APITUCADO YO?


Además de la pobreza y fealdad de la palabra, es una acusación de la cual creo ser pobremente merecedor. Sin embargo no por esto significa que mis actitudes no hayan contribuido ridículamente a tal apelativo, a tal irrisoria confusión. Es decir, no soy pituco, no me he “apitucado”, sucede que me suele disgustar más cosas de las que me gustan.

Para explicar tal desviación de cómo entender mi lánguida vida económica debería empezar por mi apodo en la universidad. Era injustamente “El burgués”, con todo y artículo masculino, singular y en tercera personísima persona. Y digo injusto por una serie de razones ya que nunca fui el burgués hasta que vieron mi infame partida de nacimiento que tenía el pecado de decir Municipalidad de Miraflores, lo cual me dio el gentilicio de miraflorino.

Acto injusto porque sólo fui miraflorino por obra y gracia del seguro de trabajo de mis padres. Y sólo lo fui por unos días, ya que luego a Miraflores le agregaron el San Juan. Sí, yo vivía en San Juan de Miraflores, ahí fui a parar después de la clínica, que para mayor castigo no era hospital como el lugar donde nacieron la mayoría de mis compañeros.

Entonces, como ven, mis orígenes son más humildes de lo que pretenden ser mi certificado de nacimiento. Lo primero que yo aprendí de la ciudad no fueron los árboles y los columpios del Kennedy, sino el ruido y la polución de la avenida San Juan, cuadra 11. En la casa que compró mi abuelo luego de haber vivido durante años en el campamento de la empresa Cementos Lima. Era una casa gigantesca para correr, esconderse y crecer aceleradamente. Eso sí, jamás me dejaban salir solo a ningún lado, siempre fui mimado, lo admito.

Mi abuela tenía su propio balcón en su habitación y las cortinas de un color morado oscuro que brindaba cierta atmósfera tenebrosa que con ella en la cama desaparecía. Dormía con ella y me despertaba con alguna caricia o algún postre. La sala también era grande y con su propio balcón, pasaba yo más tiempo en el segundo piso que en el primero. Fue en el balcón de mi sala que mi tío me enseñó a prender cohetes y todo tipo de fuegos artificiales, siempre con encendedor porque era un inútil con los fósforos. Luego me enseño a cortar un extremo del pasador, encenderlo y dejar una pequeña llamita en el borde para con eso encender mis sartas de pólvora mágica.

La noche brillaba en la navidad y los ebrios de la calle peleaban y el sonido de las botellas rotas se colaba en la noche de mis risas. Creía en ese entonces que aquello era normal, esas peleas no eran violencia para mí, eran espectáculos navideños. Viví en San Juan hasta los cinco o seis años y me mudé a los Cedros de Villa. Allí terminé mi inicial, primaria y secundaria.

Es cierto, jamás estudié en un colegio nacional, mi padre jamás lo permitió. Nunca entendí si por orgullo o por amor, pero sus hijos no debían estudiar en colegios nacionales. Para mi madre la respuesta es el orgullo. Mis padres perdieron rápidamente la seguridad económica que tenían al cerrar la empresa donde trabajaban. La casa se construyó justo a tiempo aunque a medio construir. Los Cedros es una zona de clase media, sin muchas preocupaciones y uno que otro guiño de lujo pequeñoburgués.

Debido al calamitoso cierre de la empresa mi educación y la de mi hermana fue una apuesta a un dios que no existe. Mis abuelos corrieron con casi toda mi educación. Nuestros caprichos fueron resueltos casi en su mayoría. Por ser los Cedros una zona que Linda con La Encantada, urbanización de clase económicamente alta, algunas veces conocíamos uno que otro amigo de allá y algunos nos invitaban a sus casas.

Recuerdo que un amigo me contó el envidiable tamaño de la habitación de Diego, más grande que la sala de su casa. Claro, su sala no era tan grande tampoco, pero aun así la habitación era la tierra de Peter Pan.

Durante algún tiempo me sentí cohibido por los límites que se le ponían a mis ganas de ser sublime como diría Umbral. Pero jamás fui un acomplejado al extremo de Balzac. Es cierto, yo quise estudiar en la Católica, nunca lo he negado. Me acusan de que sólo quiero a mis amigos de la Cato. No son mis amigos de la Cato, son mis amigos de la infancia: los de la Cato, los de la San Martín, Pacífico, Ricardo Palma, UPC, Garcilaso de la Vega, San Marcos, Autónoma. A mis amigos no los elijo por universidad, los elijo por el inenarrable placer de beber una copa con ellos.

Si soy culpable de algo, soy culpable de un “manyas” en mi vocabulario. No lo puedo evitar, quizá lo heredé de mi barrio, como heredé el huachado “brother” o un “nicagando”. Soy culpable de que no me gusten los mercados, pero es simplemente porque no me gusta la gente multiplicada, por la misma razón que no suelo comer en restaurantes, sean “pitucos”, “normales” (¿qué es normal?) o de “barrio”.

La misma razón por la que me asfixia San Martín de Porres, Lima norte. El caos es una religión, un dogma. Me fastidia tanto como Miraflores un 14 de febrero. Me gusta la discreción, por eso me parece vergonzoso emitir algún silbido en la calle para hacer notar a algún conocido de mi presencia. No me llamen pituco por eso por favor.

Si quieren ponerse freudianos les daré placer. Es probable que deteste todo lo que encierra el comportamiento del típico hombre de barrio y su uso destructivo del idioma con eso que piensa que es síntoma de ocurrencia y loa, que denominan jerga. Nada me parece más abyecto que la jerga. Y esto me recuerda a mi padre que se educó en el colegio Pedro Labarthe. Donde aprendió la ley de la jungla y el desprecio por la forma y la lírica.

La tensión entre mi padre y yo ha amainado y tiene la intención de generar un puente de cordialidad. Eso espero. Pero mi rechazo total a la jerga y al macho y hembra de barrio ha permanecido inmarcesible. Y esto no obedece sólo a una clase social sino a una forma de actitud ante la vida. Aunque curiosamente Melcochita me causa gracia.

La otra semana una ex amiga, estudiante de filosofía con más futuro de sofista, me acusó de pequeñoburgués por el uso de Facebook, que ella misma usa. Lo declaro injusto, pequeñoburgués no es para mí una realidad, es más en todo caso a una meta. Sólo en el sentido económico, me explico. Cómo sino con dinero me puedo comprar todos los libros de Proust, pagar mis soñados estudios de francés, comprarme las guitarras que quiero, ir al teatro o al cine a ver una de Woody Allen. ¿Cómo? ¡Explíquenme! Las entradas al teatro para ver una obra de Brecht , un concierto de Drexler. Mi pequeño bar.

¿Apitucado yo? No lo creo, soy más un ser exigente en gustos, caprichoso si quieren, difícil si gustan, engreído por el abrazo de mi abuelo.

No he sufrido hambre y ciertos gustos se me han cumplido. Nada más. Mi madre fue alumna de una profesora velasquista que le enseñó la importancia de entender el Perú más allá de Lima. Y si bien Velasco no es de mi entero gusto, él hizo que aquella profesora le diera una lección de mayúscula importancia que me fue transmitida por mi madre. Que en el Perú hay cholos, blancos, negros, asiáticos, mezclas. La discriminación racial, social como un mal endémico a exterminar fue una lección de mi madre y creo que intento ser fiel a ello.

Por favor no me digan que me he “apitucado”. Hace poco almorcé en La Romana, en Miraflores y hace poco también cené en Pochita, un chifa de cinco soles en Chorrillos. ¿Quieren alguna recomendación? Vayan a Pochita.

viernes, 23 de septiembre de 2011

MEMORIAS DE MIS LUGARES


“Malecón, el último de Barranco yendo a Chorrillos, zigzagueante, marina en relieve tallada a cuchillo, juguete de marinero, tan diferente al malecón de Chorrillos, demasiada luz, horizonte excesivo, cielo obeso en cura de mar. Malecón de Chorrillos, superpanorama, con una cuarta dimensión, de soledad…”

Martín Adán

Cuando uno crece es inevitable dejar parte de sí en las calles, las esquinas agrietadas, el barrio donde se perdió la primera pelota de fútbol, los circuitos breves donde hacíamos nuestras competencias de bicicleta. Resulta imposible decir que no hay nada de nosotros regados por distintos lugares. Somos la ocurrencia de un lugar, la anécdota de un cemento, un barro o una piedra.

Tengo tres distritos, de entre los muchos, que quisiera compartir con ustedes. Si mi vida pudiera resumirse en tres lugares serían estos y el orden de cómo serán presentados no obedece a la importancia en sí sino a la importancia de sus tiempos en mi vida.

Si debiera empezar por uno sería Barranco (luego explicaré el porqué) pero el primero será Chorrillos, porque fue el primero que vio mi cuerpo perder sus centímetros originales, presenció el trocarse en grave de mi voz. Chorrillos fue el lugar donde fui a parar cuando recién tendría aproximadamente unos seis años. Crecí sin saber de la importancia de sus suelos o de los secretos oligarcas de sus olas. Chorrillos era para mí, primero, el odio que significaba haberme alejado de mis abuelos, de su casa y sus mimos con sabor a mazamorra caliente en el invierno. El invierno de Chorrillos era triste y tenebroso, golpeaba las ventanas de mi habitación, complicaba mi asma y por su tranquilidad risueña en los veranos, en la urbanización donde vivía, hacía que fuera una obligación el socializar, el hacer amigos, cosa que no quería.

Chorrillos fue para mí, segundo, después y con intención de definitivo, el cofre precioso de madera o de roca. El verano de los parques con árboles grandes, ficus, pinos, tomates frescos de la tierra, fueron Joan y Jorge. Las cremoladas de fresa y limón, que me gustaba combinarlas. Eran Quico y sus historias sobre Sara Helen y la primera vez que escuché sobre Sui Generis y ese rasguñar las piedras. Fue la adolescencia que se reencontró con amigos, el pequeño departamento donde nos juntábamos a escribir mala poesía. La colección de discos recién comprados alrededor de cervezas heladas.

Chorrillos fue compitiendo en mi amor por Barranco cuando descubrí que la Herradura también era la Herradura de Bryce Echenique, el Malecón de un oscuro Riva Agüero y la distracción de una casa playera con biblioteca de 25,659 libros que pertenecía a Javier Prado.

Chorrillos era la nostalgia de una aristocracia que se fue y el coqueteo de una clase media con la ceguera que retrataba Saramago.

Chorrillos linda con Barranco, comparten fronteras de brisa, de melancolía húmeda. Barranco era el distrito donde yo quise nacer para sentirme un Jose Antonio, para evolucionar en el eterno enamorado de la Catita de catorce años. Distrito onírico, versado, bebible. Barranco es el lugar a donde una vez huí con mi libro de La casa de cartón después de leer a Virgnia Woolf, huí a sentarme en sus banquitos rodeados de colillas atardecidas. Estaba en Barranco y leía a Barranco, Martín Adán, Eguren, Chabuca, Puentecito de los Suspiros, puentecito escondido. Huía de la memoria que era el rostro de la mujer innombrable, por preservar la amistad. Huía también hacia el único sitio al que uno va para sentirse un escritor de verdad cuando aún no lo es. Porque Barranco es la tierra de la poesía que modela la ola, el cigarrillo que habita las bocas de múltiples idiomas, el sueño en su terquedad.

En Barranco también la vi cantar con su cabellos castaños, lacios. En Barranco uno quiere que el arte sea un alimento que caliente la boca, se forjan las intenciones, se marea la marea. En Barranco leí a Martín Adán y la besé, a ella, pocas veces, pero fueron los mejores besos y las despedidas más largas.

De Barranco a Miraflores los separa un abismo de alturas breves y los acerca las noches de sus calles. Miraflores vive mucho su nocturnidad. Durante mi etapa de rebeldía romántica no quería saber nada de Miraflores, si bien parte de mi niñez fue muy feliz en sus parques, pues mis lecturas me hacían asociar este lugar como un capricho burgués y somero. Mi perspectiva cambió rápidamente y por motivos diferentes. Miraflores alberga para mí el frío de la memoria y la elegancia del estoicismo, también el renacimiento de los huesos. En Miraflores se desarrolló en suma importancia mi vida universitaria, en Miraflores estudiaba inglés y en Miraflores estudiaba mi entonces enamorada.

A veces la recogía en la bajada Armendáriz, donde quedaba su universidad, o nos encontrábamos en el cruce de Angamos con Arequipa o, por último, en el McDonald de Diagonal. En el anfiteatro Chabuca Granda nos tomábamos de las manos, fumábamos y veíamos a los viejitos bailar un bolero o una salsa vieja y aprender de paso las correspondencias y herencias que le dejó el jazz a la salsa en el teclado. Miraflores destaca también por sus hermosos parques, el Kennedy habitado por gatos trepando sus árboles, sus cafés en la bajada Balta, su feria de libros, sus librerías. Su hermoso faro que ilumina el malecón. En Miraflores la recuperé la primera vez que la perdí, después de un recorrido por una tienda de discos hasta terminar en un banquita, enfriándonos por la brisa de invierno, la rueda de una bicicleta indiscreta, la sonrisa que brotaba de su lágrima y el beso que surgió de la caricia.

Fue en el mismo Miraflores que la perdí, en otro parque, en otro malecón miraflorino, y fue entonces cuando la inocencia de fumar un cigarrillo en un parque llevaba el miedo de la memoria. Sin embargo Miraflores también me ofreció sus avenidas literarias, sus recorridos vargallosianos. En Miraflores puedes recorrer la calle Diego Ferré y sentirte el poeta antes de ir al Leoncio Prado, puedes ir al barrio de Ribeyro y buscar algo del flaco en sus esquinas. En Miraflores puedo ir a la casa Museo de Raúl Porras Barrenechea y sentarme en las mismas mesas donde se sentaban él, Vargas Llosa y Macera y leer un libro sobre los orígenes de Lima mientras Puccinelli conversa con alguien. En Miraflores renuevo ciertas fuerzas que el avance de los años pretende clausurar.

Mis vidas han transcurrido por muchos distritos, pero si tuviera que elegir los que más me han cautivado elijo estos tres. A los que debo tanto, a los que estás páginas sólo ofrecen el sabor a deuda.

SUIMAR

NOTICIAS SOBRE CAMBIO Y ÚLTIMA PUBLICACIÓN

Bueno, ante todo aclarando, no se trata de una última publicación en sí, sino de un cambio en el inexistente formato de este espacio. Usualmente, las pocas veces que escribo, lo hago sin someterme a una tendencia específica. Así he pretendido abarcar desde lo personal hasta lo impersonal. Desde lo político hasta mi vida amorosa, caminando desde la literatura hasta la música que me gusta. Ahora el cambio basaré en formar este espacio en una suerte de diario "impersonal" pues será leído por cualquiera.

Es decir escribiré sobre cualquier nimiedad que me ocurra, formando así una suerte de mapa de mi vida, vida real y vida ficticia. Es un experimento que pretendo abarcar para, de paso, someterme a un régimen de escritura diaria ( o casi). También porque he creado un nuevo proyecto en Facebook, en donde se escribirá sobre diversos temas, de una manera similar a lo que venía haciendo aquí, pero de forma grupal y con temas específicos y en forma que desee el escribano.

Por otra parte, los textos que tengan que ver específicamente con política irán en otra página sobre otro proyecto. Sin más, se verá la viabilidad de esta intención de hacer bien las cosas. Si algo no funcionase, como bien puede pasar, las publicaciones como se venían haciendo volverán a la normalidad.

A continuación publicaré mi último texto, sobre memorias de distritos.

jueves, 8 de septiembre de 2011

miércoles, 31 de agosto de 2011

LA MIERDA DE PERDERTE, TE EXTRAÑO MOTA.


Hace años perdí a mi perra, murió frente a mí y yo vi sus ojos mirándome y cerrándose. Fui el asesino, yo di la orden, fue consejo del veterinario, iba a sufrir más, me dijo. Sin embargo nunca me dejé de sentir culpable, aún tengo grabada su última mirada, esa de confianza, en donde no hay miedo porque quien te acompaña te cuidará y te salvará. Yo había prometido salvarla y la vi morir. Cargué su cadáver hasta la playa, su cuerpo que era ágil yacía inerte dentro de una bolsa negra. Mis amigos me acompañaron a llevarla hasta la playa, no quise enterrarla en mi casa porque nadie me ayudó en ese momento a salvarla, entonces no quise que descansara ahí. Hicimos un gran hoyo en la playa donde antes nos divertíamos viendo las olas, ensuciándonos en la arena. Ahí descansa hasta ahora y desde ese momento no quise volver a tener otra mascota por el miedo de revivir el mismo dolor.

Así lo cumplí hasta hace poco, pero fue mi hermana ahora la que quería un perro. Y consiguió a la más hermosa. Su nombre es Mota, yo se lo puse cuando vi por primera vez su fotografía a través de la pantalla de mi computadora. ¿Puede algo tan pequeño almacenar tanta hermosura?

Es un Shih Tzu, marrón con blanco, travesura con ternura. Tenía un mes cuando llegó a mi casa. Casi ni se movía, cabía en mi mano y así la levantaba a la altura de mi rostro y sacaba se pequeña lengua, tibia, humilde. Yo la vi crecer, ya no era del tamaño de mi mano, ahora ocupaba parte de mi brazo cuando la cargaba para llevármela a comprar películas, porque a ella le gusta el Graduado, con Dustin Hoffman. Pasamos el último domingo viendo esa película. Recién le habían cortado el pelo que le impedía ver por dónde andaba. Su única preocupación era alcanzar su cola, en sentido horario. Daba vueltas y vueltas, con la certeza de que en algún momento la alcanzaría.

Mi madre dormía con ella, mi padre dormía con ella, mi hermana dormía con ella. Y yo dormí con ella la madrugada del martes. La subí a mi cama y me cubría con mis sábanas para que no me lamiera el rostro, y ella escarbaba para encontrarme. ¿Les conté que tenía muchos peluchitos? Pues sí los tenía. Y adoraba a uno, que era un payasito, lo agarraba con su hocico y se lo llevaba a quien quisiera jugar con ella. Levantaba sus dos patitas peludas y te miraba. Yo le enseñé a jugar a recoger el peluche o por lo menos me gusta creer que yo fui quien se lo enseñó. Hace poco había cambiado de juguete favorito y ahora jugaba con un ratoncito de peluche que a mí me ponía los pelos de punta. Me alejaba de ella. Pero ahora daría todo, absolutamente todo, para que hoy viniese con su horrible ratoncito de peluche para que juegue con ella.

Tenía un mes cuando llegó y tenía cinco meses ayer cuando se la robaron. No había nadie en mi casa. Fui el primero en llegar y muchos vecinos en la esquina –han robado tu casa- me dijeron. Hacía unas horas había visitado a mis tíos y mientras estaba en la sala divisé el cuarto donde antes dormía mi abuela. Ella falleció y desde entonces no he vuelto a visitar su habitación, pero ahí estaba, la cama, sin ella. La imagen me enmudeció por unos instantes, no hay nada más triste que una cama vacía. Cuando entré a mi casa, todas las cosas estaban esparcidas por el suelo, entré rápidamente a la cocina, que es donde se queda Mota cuando salimos. Mota no estaba y su cama estaba vacía. No hay nada más doloroso que una cama vacía.

Mi hermana lloró hasta quedarse dormida, igual que mi madre. Yo he llorado hoy. Recién hoy, hace unos instantes y lo sigo haciendo ahora mientras escribo esto, que me parte y expone la fragilidad que pensaba olvidada. Pasé la noche leyendo a Sábato.

Hoy salí a buscar a mi perrita al Centro de Lima. El lugar es horrible, un círculo dantesco, la certeza de que como raza somos una mierda. Pregunté a todos los mal nacidos si había llegado un Shih Tzu hembrita, de como cinco meses, obedece al nombre de mota, hermano, ten mi número, estoy dispuesto a pagar cualquier precio, llámame. No me han llamado hasta ahora. Hay tortugas, peces, conejos, gatos, perros, dolor, mierda. Pero no había Mota. Alguna vez había ido a ese lugar a acompañar a un amigo que quería una mascota y desde esa ocasión me juré no volver a ir, porque salí adolorido de ese espectáculo siniestro. Pero hoy fui por ella, mi Mota, y no la he encontrado. Los aullidos de los cachorros me lastimaban, no eran mi Mota, pero quería llevármelos, ningún animal se merece eso.

Mientras siga habiendo un mercado negro de animales, seguirá existiendo un negocio en el robo de estos. Me he prometido acabar con ese lugar, con ese infierno, como sea posible. Porque yo me puedo merecer mucho de lo que pueda sufrir, pero mi hermana no, ni mi perrita. Ella era el ladrido pequeño de la inocencia, ella era la engreída, por ella mi familia había vuelto a ser una familia. Y por ella mi familia llora. Te extraño, pequeña.