Las tentaciones
del vómito, las provocaciones de la hediondez me suelen perseguir con
facilidad. Aún no me ha domesticado del todo la cacosmia, la navidad ya no
representa en mí su mayoría de nihilismo snob o su tristeza auroral de
juventud. Se mantiene en grados respetables su soledad, su finura gris, pero
hasta eso tiene tiempo, luego viene el abrazo y las horrísonas copas que beberé
hasta que el sueño irrumpa como un golpe de estado entre mis párpados.
Lo que no me ha
abandonado, como la locura al personaje de Cortázar en El Perseguidor, es el
desprecio superlativo hacia las bondades navideñas, no hay nada que me parezca
más fétido que los sentimientos cronometrados, los besos y los abrazos para la
foto de la revista y si no eres importante en la socialité pues te queda la misericordia narcisista del facebook
para que todos vean lo bondadoso que eres, lo buen cristiano que resultas en
pixeles adecuados.
No, no me
molesta la foto en particular, aumenta el maltrato digestivo sí, mas no es la
base del asco. El principio de la nausea proviene de lo falso que me resulta
todo este simulacro de hermandad. Cómo no llamar hipocresía a esas hordas de
personas que de pronto resulta que en ciertas épocas del año descubren que hay
otro continente a menos de una hora de distancia que se llama pobreza. ¿Cómo no
escupir esa mentira de amor al prójimo?
Porque en el
fondo ahí no habita el descubrimiento del otro, ahí reside el cumplimiento con
la imagen. Supongo que resulta redituable socialmente hacer obras de caridad,
te sitúa como un hombre de bien, augura mejores relaciones porque este es un
hombre/mujer de bien, un católico, cristiano, evangélico, imbécil emplar.
Qué falso me
suena escuchar y leer a muchos de mis
conocidos decir que “hoy”, “mañana”, “ese día” me toca hacer mi obra de bien.
Siento que van a ir a marcar tarjeta al trabajo de la imagen. La caridad
navideña es una limosna, para decirlo de una vez, es el sencillo que limpia,
que anestesia tu conciencia. Un placebo de comunidad.
¿Cuántos se
saben el nombre de los que fueron a visitar? ¿Cuántos han vuelto sin necesidad
de dar, sino por una amistad genuina que surge del encuentro primero? No los
hay y si los hay, son una apuesta ínfima a la estadística. Y no los hay porque
ellos, en el fondo no son los mismos: una es la mano que da, la otra es sólo
una anécdota de noche Buena.
No te mientas,
no nos mientas, tú no vas a dar amor, importancia al otro, tú vas por una sed
personal de aplausos, eres un adicto de la aprobación. La limosna me da asco,
reconozco que a los niños les resulta muy bien recibir regalos y ver que
personas se acercan con una sonrisa construida. Incluso creo en la alegría
efímera que cabalga en los rostros de los samaritanos de diciembre. Pero no dejo
de ver en ello, detrás del molde, un teatro de la más baja calidad. Seguirán
siendo extraños, seguiremos siendo extraños.
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