viernes, 20 de marzo de 2009

César Vallejo: Vigencia a través del dolor



Breve análisis y tentativa de interpretación del poema de Los Nueve Monstruos de César Vallejo

La poesía a examinar gira alrededor de un sentimiento: el dolor. Digo sentimiento y no sensación pues esa distinción puede hacer traslucirse con mayor claridad lo que quiere transmitir el poeta. Creo que la más clara distinción entre dolor como sentimiento y sensación radica en el ser social del primero. Aunque nuestro idioma no posee términos distintos para ambas denotaciones, creo que una brevísima explicación puede ayudarnos a dar cuenta de su distinción. La sensación es la carga biológica e innata que poseemos, el mecanismo más básico de defensa de la propia existencia, sin dudas. Si ponemos una mano sobre un objeto o superficie de elevada temperatura, por ejemplo, sentiremos dolor; esa es una sensación y no un sentimiento. Todos experimentaremos lo mismo, en las condiciones fisiológicas conocidas como normales, nos quemará y nos dolerá y retiraremos nuestra mano, pues de no hacerlo atentaríamos contra nuestra integridad física, nos dañaríamos. El dolor como sentimiento, en cambio, es desarrollado socialmente, podemos sentir dolor por la muerte de un familiar, por una guerra, por las palabras, por los insultos, por las ofensas a un ser querido. La manera en que experimentamos ese dolor sentimental, que está tan emparentado con la tristeza a veces, es moldeada socialmente; no en todas las sociedades son las mismas causas ni las mismas circunstancias las que nos provocarán dolor. Es a esta segunda acepción de dolor a la que se refiere con mayor énfasis Vallejo en su poema, un dolor que formamos socialmente, que inculcamos; dolor que, por supuesto, puede tomar formas extrañas, paradójicas, y hasta puede aniquilarse y evaporarse, podemos dejar de sentir dolor, volviéndonos indiferentes.

El poema busca hacer reflexionar sobre el dolor que existe en el mundo e incita al lector a buscar una posición en la cual se evita el sufrimiento ajeno; sin embargo, el desear que en el mundo se agote el dolor, que no haya sufrimiento, es insano y no es solución para Vallejo. Paradójicamente, la lucha, planteada por él, del dolor, sea como sentimiento o sensación, es el incremento del mismo dolor, pero en este caso exclusivamente como sentimiento. En el poema, Vallejo, entrecruza ambas formas de dolor, dándole énfasis especial a la construcción social del dolor, como ya mencionamos, sobre la que gira el texto poético. Así, se nos dice que “el dolor crece en el mundo a cada rato, crece a treinta minutos por segundo”, esta afirmación es la simple descripción del un hecho describe el poeta, lo que acontece a través de su perspectiva. Ese dolor descrito puede ser físico o biológico, el dolor de músculos por haber trabajado 20 horas en una fábrica, el dolor en las manos por tener que remover suelo duro e infértil, el dolor de estómagos por no tener qué comer. Pero, es también el dolor social como el que procura la guerra, las muertes, el ser olvidado como persona, el sentir que tus creencias son menos que las de otros, que eres subdesarrollado o salvaje. ¿Existe entonces una posibilidad de calmarlo? ¿Existe alguna solución para el dolor? La solución que da Vallejo es que “el bien de ser”, la manera correcta de hacerle frente, es que este pueda “dolernos doblemente”, por ello me refería a ella como paradójica. Es el dolor que formamos, el sentimiento de dolor, el que debe ser doble en nosotros, este es un llamado a la compasión, entendida desde su origen griego como sentir con el otro y lo del otro, un llamado a la solidaridad. Se busca que nos duela, no sólo nuestro propio sentir, sino experimentar el dolor del otro desde nuestra propia perspectiva y experiencia de vida; formar personas que sientan por otras, desde su propia experiencia, y que encuentren posibilidad de hacer el bien evitando procurar el dolor a las demás. Esta propuesta es extremadamente cercana a la que el filósofo estadounidense, Richard Rorty, plantea con el nombre de solidaridad. Él sostiene la posibilidad de una ética que cuente con la posibilidad de experimentar el sentimiento ajeno en uno mismo, no por amor al sufrimiento, lo que la aleja del sentimiento compasivo que muchos manejan actualmente, sino comprendiendo e interiorizando el dolor del otro en búsqueda de no provocarle dolor a ese otro. Se trata ya no de plantear universales abstractos que delimiten el campo de acción de la ética, sino de plantear la posibilidad de hacer el bien desde nuestra propia experiencia de vida y formación social, desde lo concreto.

Este es el mensaje principal que pretende Vallejo comunicarnos, ante este sentir como el otro siente, debemos identificar qué es lo que al otro le causa dolor; interiorizarlo y comprenderlo, haciendo de este realmente dolor nuestro. Sólo así se puede actuar en contra de este, evitándolo. Identifica, a mi parecer, dos grandes causas del dolor: la tecnología y el estado capitalista. Cabe resaltar, que el dolor como sentimiento, puede ser difícil aplicarlo a otras culturas, yuxtaponerlo a lo que ellos pueden experimentar; sin embargo, no es imposible. El compartir un mismo mundo y un mundo que nos desinvisibiliza cada vez más, es una pieza clave. Sin la menor duda la globalización nos acerca, de buena o mala manera, a cada instante un poco más, es esta la que nos presenta el dolor y la alegría ajena si queremos verla. No quiero decir que la globalización sea realmente la potente arma de homogenización cultural que muchos afirman que es, ni tampoco pretendo decir que demarca con mayor énfasis las distinciones culturales como otros sostienen; sin embargo hoy, como nunca antes, hablo también del hoy de Vallejo, podemos acceder a información de todo el mundo, a las diferencias de los demás, se hacen cada vez más visibles. Cada vez, a la par, las acciones de unos involucran a mayor número de gente en el mundo, Vallejo presenta ese panorama en un solo verso: “nunca tan cerca arremetió lo tan lejos”. Es tal vez una de las más breves descripciones de globalización que se pueden hacer, sin perder la precisión y claridad.

Retomando lo dicho, habíamos comentado que Vallejo identificaba como dos causantes de dolor a la tecnología y al estado capitalista. Trataremos, primero, entonces cómo es que la tecnología puede generarnos dolor. Habrá algunos escépticos que encuentren que la tecnología es el mejor medio de generarnos bienestar a los hombre, el medio que más vidas puede salvar con los avances en la producción alimentaria y, sobre todo en la salud. Pero Vallejo nos dice, extrañamente que nunca jamás la salud había sido tan nociva ni jamás había habido tanto dolor “en la carnicería, en la aritmética”. Y es que bien podemos entender que la tecnología, y el propio avance científico que la respalda, pueden ser la mejor forma de destruir al propio hombre. El mejor ejemplo de ello es la carnicería, seguramente. Esta es una de las más grandes y poderosas manifestaciones del poderío tecnológico, pero no se trata de la carnicería de ganado; se trata, terriblemente, de carnicería humana, de poderío bélico, de armas y de guerra. Recordemos que el texto al que hacemos referencia se escribe en 1937, dos años faltaban para la Segunda Guerra Mundial y la primera ya había dejado todas las alarmantes cifras conocidas en pérdidas humanas. La catástrofe, sin embargo, en término de vidas perdidas que representaría la última, históricamente, fue inimaginable e inconmensurable. Todo esto permitido exclusivamente por el magnífico poderío en armas que se iba desarrollando previamente a la contienda bélica. El progreso tecnológico, que es productor de instrumentos, fue usado, y lo sigue siendo, de la manera más deplorable y aborrecible que puede existir, para aniquilar a su propio creador; para destruir al mismo hombre. Tomemos en cuenta que ese potencial armamentístico y de destrucción masiva hallaría, para 1945, su forma más elevada en la más potente de todas las armas, en la que mejor cumple su función, a aquella que de aplicarse podría destruir a toda la humanidad: La bomba atómica. Esta última es el gran peldaño del progreso en la carnicería humana que denuncia el autor del poema. Carnicería que engendra dolor y sufrimiento.

En lo tocante al actual verso, hay una denuncia a la aritmética en él, ante esta aparición claras incógnitas pueden desplegarse ante nosotros. Cómo podría una suma o una resta, o cualquier operación matemática causar dolor; por qué Vallejo dice que jamás la aritmética había procurado tanto dolor. La tecnología es producto de la ciencia, ciencia que tiene sus cimientos en la modernidad. Galileo Galilei, allá por los mil quinientos, sentenciaba que el mundo era un libro escrito por Dios en sistema matemático. Toda la ciencia que manejamos mantiene la misma lógica, se trata de creación de modelos matemáticos, modelos que representan al mundo. La matemática, y la aritmética usada en este caso como un ícono de la misma, es el lenguaje predilecto de la ciencia. Al ser la tecnología la aplicación práctica de la teoría científica, es también matemática. Hemos mencionado hace unos instantes que la tecnología permite las mayores carnicerías. Es así que la Matemática produce muerte, a través de la aplicación práctica del sistema científico matemático, y así como esta genera carnicería y fecunda a los hombres, que aún sienten o que quieren sentir, de dolor.

Ahora bien, cómo es que el estado capitalista provoca dolor, este es un tema sin dudas más manido y que, no por ello, todos tenemos necesariamente presente. El autor nos presenta a esta sociedad capitalista como la res de Rousseau, si traducimos res de latín nos encontraremos con que significa cosa; o sea se refiere a la “cosa de Rousseau” ¿A qué podría hacer esto alusión? La tentativa de respuesta incluye el asunto del estado capitalista como fuente de dolor. El Contrato Social de Jean Jaques Rousseau, que nace a mediados del siglo XVIII, es el texto con el cual se consolida el estado burgués y capitalista que tras mutaciones y metamorfosis llega y perdura hasta nuestros días. Es aquel documento por el cual cedemos nuestro poder a un ente y nos hacemos de derechos, que esta entidad, llamada Estado, a su vez, protegerá a través del monopolio de la violencia. Pero en este Estado nace también el mito del progreso que ya la ciencia moderna había engendrado y hecho crecer, y que para los años de Rousseau ya estaba completamente consolidado; tanto como hoy en día. El mito del progreso es, en el caso de la ciencia, poner como el único fin de esta avanzar y hacer del mundo y de todo lo que rodea al individuo un gran conjunto de instrumentos que se encuentren al antojo y voluntad del hombre. Esta nueva forma de pensar científica, se plasmará al extremo en la nueva organización social, un individuo que tiene que progresar como sea posible, solo que la forma que toma el progreso en el individuo se alteraría.

Progresar es ir hacia “adelante”, el gran secreto del progreso moderno, en general, es lo aleatorio de ese “adelante”, su arbitrariedad, o su inexistencia; ¿Es realmente, en el caso de la ciencia “adelante” hacer de la naturaleza algo que el hombre pueda controlar a su antojo y voluntad; habría que preguntárselo al calentamiento global y a la crisis del agua. En todo caso, el capitalismo es la doctrina predilecta para esta sociedad que busca progresar, se trata de que cada quien progrese, nuevamente sin marcar el hacia dónde, pero al haber todos hecho un contrato social, este Estado debe asegurarnos la equidad de oportunidades para el progreso; es decir que en esta batalla del progreso todos, si queremos podamos progresar igualmente. La equidad de oportunidades es, para esta sociedad estatal moderna, establecer tus derechos, esto termina siendo el establecer los parámetros para un campo de batalla donde deberían librarse luchas, supuestamente, equitativas; un lugar donde todos los contendientes tengan las misma oportunidades. Nada más ilusorio que eso, algunos podían más que otro de partida, y la equidad era solamente una palabra que podía ser examinada etimológicamente y nada más; hubo, continuando la metáfora de la batalla, quienes partían en la batalla con más fusiles y quienes iban desnudos por el campo. Fue así como quienes tenían más poder, y en ese momento era ya como hoy el poder económico el determinante, el capital o la producción d este, los que dominarían el campo de batalla, que ya desde hace mucho era suyo. Es el mito del progreso que nace con la “cosa de Rousseau” el que causa dolor en esta nueva sociedad capitalista; quien tiene dinero posee poder, y este poder seguirá en aumento en detrimento y en menoscabo de los demás, a los que se ha de pisotear, aplastar, explotar, asegurándose así el ser un poco más rico. Nuevamente, el “adelante” del progreso es irreal, aparentemente es el tener más dinero, mas nunca se plantea para qué tener más dinero, el hecho es tenerlo y eso es ser mejor; el dinero ya no es un medio de obtener bienestar, sino que se transforma en el fin. Es este aplastar a los demás haciéndolos proletarios o esclavos remunerados, explotándolos más de 10 horas al día en fábricas y en condiciones infrahumanas, lo que causa dolor físico y mental. El trabajar es realizado ya no para procurarte los medios para formar lo que podría ser una buena vida, es trabajar para no morir de hambre, y no se trata de comer bien, sólo lo suficiente para no morir. Y eso, es suerte para los países industrializados, en otros lugares la gente tiene que resignarse, hoy como en el tiempo de Vallejo, a morir de hambre y ver que el mismo destino surcan su familiares y coetáneos.

El hambre, la miseria, el negar las “nueve carcajadas a la hora del trigo”, el “ver al pan, crucificado, al nabo, ensangrentado (…) a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo”; todo ello es la representación casi pictórica que hace Vallejo de lo que la sociedad capitalista y la tecnología han creado. Son esas causas las que generan dolor las que debemos identificar y comprender; debemos sentir como aquel que no tuvo suerte en ese juego azaroso, de tener dinero y quedo abajo enterrado y pisoteado, que le duelen los huesos de trabajar y le duele el alma de no existir. Esa situación que hace ya más de setenta años nos describe Vallejo aún se repite hasta nuestros días y tiene vigencia. Tiene aún más valor e importancia cuando nos topamos con la descripción que da Vallejo de lo que puede hacer en las personas el dolor. Y es que gracias a él, “hay algunos que nacen, otros crecen, otros mueren, y otros nacen y no mueren (…), y otros que no nace ni mueren (Son los más)”. El dolor del otro puede provocarnos cualquiera de esos procesos, puede hacernos descubrir una forma distinta de ver el mundo, una forma diferente de obrar, de sentir y de pensar; puede hacernos ser mejores aún de lo que somos como personas, hacernos crecer, más sólidamente, de mejor forma; el dolor mata, mortifica; el dolor inmortaliza el alma de aquellos que saben sentir como el otro y actúan de esa forma, ellos nacen y nunca mueren. Sin embargo, hay un grupo más, hay quienes sentados en nuestra cama antes de dormir oramos por aquellos que no pueden ser felices como nosotros, pues no vamos a sufrir como ellos, eso representaría un exceso. Estos que podemos estar sentados, que no buscamos sentir como el otro; no nacemos, no morimos. Esos somos aquellos que nos podemos tornar fríos al dolor, vivimos dentro de la misma dinámica que procura dolor a tantos, que mata a tantos, que da hambre a tantos; indiferentes e inmutables, anodinos. Aquellos que hemos matado nuestra pasión, entendiendo esta como nuestra posibilidad de sentir, aquellos que apagamos nuestro fuego. Es gracias a nosotros que “el fuego nunca jugó mejor su rol de frío muerto”. Estas personas que ya están siempre muertas en vida, que nunca nacerán y nunca morirán, son aquellos que nos hemos vuelto indiferentes. Estos nunca podrán buscar sentir como el otro siente, nunca lo comprenderán, nunca harán algo por cambiar el estado de cosas; no por no poder, sino que, lo lamentable, es por no querer.

Replicarán algunos, que no han nacido ni muerto, pues otros no replicarán ya que están demasiado fríos hasta para responder, ¿Qué puedo hacer yo contra el hambre, contra la guerra, contra la injusticia e inequidad? ¿Qué puedo hacer yo para que mañana sea un mejor día, haya menos dolor y sufrimiento, para que el mundo sea más humano y menos matemático, menos máquina? La respuesta es aprendiendo a hacer del dolor, doble dolor como dijimos al inicio, dolor en compañía, pero no dolor que se queda en simple sufrimiento, que eso es aún peor que la indiferencia, eso es masoquismo aletargado. Es un dolor que te conmueve y te moviliza, te lleva a actuar y a combatir las causas de ese dolor que afecta a tantos; Vallejo nos insta a iniciar comenzando a sentir asco por el morbo de la prensa, comenzando a sentir repugnancia porque la pobreza sea fuente de riqueza, lucro y publicidad; morbo que “nos aloca en los cinemas”, como él dice, que ahora nos llama la atención en los noticieros y televisión. Tomando consciencia sobre todo de que, y así termina Vallejo y nosotros también, “Ah! Desgraciadamente, hombres humanos, hay, hermanos, muchísimo que hacer”.
JOAN CARAVEDO DURÁN

1 comentario:

marjorie cruz guillen dijo...

fue muy bueno tu analisis de este poema..realmente me llevo a ver desde otra perspectiva el mensaje que tenia dicho poema! muchas gracias por haberte tomado de hacer este analisis que nos servirá a jovenes no solo a ayudarnos en los trabajos, sino a cambiarnos el mirar de las cosas